SEMINARIO: "Culturas e Identidades"

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(...o maneras de buscar un objeto perdido o maneras de perder un objeto encontrado...)

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Sindicación

Vaho

Por José Patteucci - 4 de Diciembre, 2007, 23:39 , Categoría: 1.4. Trabajos Realizados

Lugar: Contraban 2 (comidas rápidas)

Una chapa nos separa del cielo, una lona semitransparente del camino de los estudiantes que en su mayoría salen de la facultad. Detrás de la barra, el dueño del local y su empleado trabajan de buena gana en su actividad esencialmente freidora. Con tiza, el cartel indica los precios y el menú, habitualmente leídos en ese orden. No soy la excepción y pido un 2.50 bife de chorizo y un 0.70 vaso de gaseosa. Ya me puedo sentar.

La mesa que elijo, central, tiene restos de un almuerzo anterior (unas servilletas y un vaso de plástico) que el empleado se apura en quitar. Sin prestar atención a mi agradecimiento vuelve a su puesto junto a la plancha; plancha desde donde fluye la nube que es el ambiente donde convivimos. El empleado, el dueño, yo y dos personas más que están sentadas cerca de la entrada participamos de este vaho lipídico, de la unción de nuestras caras y ropas. Aquellos dos, además, charlan.

Uno es colectivero; uniformado, flaco y con una sonrisa escondida detrás de labios que concientemente mantiene unidos en toda su extensión. El otro, de adivinables sesenta años, tiene las canas correctamente engominadas y se define perfectamente como un joven de ayer, un dandy o por lo menos, el dandy del vaho. El colectivero dice que no puede tomar vinos berretas y cuenta, no sin antes profetizar la risa de su interlocutor, que se compra un tinto de más de cinco pesos cada tanto y trata de hacerlo durar. El dandy se jacta de conseguir un litro a 1.40 y, tal cual la profecía del colectivero, se ríe.

Mientras tanto, yo trato de acomodarme en la silla de lona que me tocó, cuya escasa estabilidad se potencia en el irregular piso dibujado de rajaduras arbóreas. Está disponible el diario de hoy; lo agarro. Leo. Pasa el tiempo. Me quemo. Dejo el diario. Descubro el sol de invierno.

Los soles de invierno pueden ser insoportables. El de acá se cuela por la semitransparencia engrasada de la lona que parece un lente amplificador. Así visto, somos tres hormigas quemadas por una lupa. Y efectivamente, estamos doraditos. El colectivero, el dandy y yo brillamos porque la nube de la plancha nos ungió y ahora parece que, finalmente, nos cocinan.

Llega mi bife de chorizo con la gaseosa. Como y leo los almanaques que están pegados en la chapa del carrito. “Los Lirios de Santa Fe” se titula uno, y sorprendentemente en la foto hay dos personas solamente. Probablemente el acordeón que escucho sonar en primer plano en la radio sea tocado por uno de ellos. El dueño parece ser el que más disfruta de la música mientras se acerca a la mesa del dandy y el colectivero. Charlan. El colectivero se tiene que ir a laburar. Pregunta si está abierto hasta la noche. El dueño se queda hasta las doce. Entran clientes. En la mesa queda el dandy solo, tomando gaseosa. Entrecierra los ojos, pero nunca pierde la sonrisa insinuante. No mira nada, los ojos pasan por las cosas (por mí también) sin hacer foco. Se diría que todo lo que está ahí, el mundo, ya lo vio.

Termino mi sándwich, junto mis cosas y me voy. Cuando salgo vuelvo a ver las cosas sin el temblor del vaho.

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